El amor de Abdón Porte

Sólo. En una mano, una carta de despedida. En la otra, el arma que colocó sobre su pecho, a la altura de un corazón que únicamente supo latir para defender el escudo de Nacional. Estaba pisando por última vez el césped de su casa, del Estadio Gran Parque Central, antes de apretar el gatillo que lo convertiría en eterno. La luna y la tribuna del Estadio fueron los únicos testigos. Aquella noche, aquella madrugada del 5 de marzo de 1918, Montevideo durmió sin saber que Abdón Porte, capitán e icono del club, se había quitado la vida. 

Abdón Porte nació a finales del siglo XIX en Durazno, uno de los 19 departamentos de Uruguay. En 1908, puso rumbo a Montevideo donde comenzó su carrera futbolística. En Colón Fútbol Club en primer lugar, y en el extinto Libertad después dio Porte sus primeros pasos hasta que el 12 de marzo de 1911 debutó con Nacional en un amistoso contra el Dublín. En aquel partido, cumplió su sueño: defender la elástica del decano del fútbol uruguayo. 

Empezó como defensa. Sin embargo, un jugador de sus características, imponente físicamente, dominador del juego aéreo, recuperador, y con la clase y talento que atesoraba, no podía ocupar otra posición que no fuera la de centrocampista. Las tribunas del Gran Parque Central poco tardaron en darse cuenta de que el ‘5’ no era un jugador cualquiera. Y estaban en lo cierto. Abdón Porte nació por y para Nacional. Conocía perfectamente qué significaba el escudo que llevaba en el pecho, qué se le exigía a cada jugador que saltaba al terreno de juego. Sus partidos eran una demostración de amor al club de su vida, como aquel clásico que jugó ante Peñarol en el que, a pesar de estar lesionado, se negó a dejar el terreno de juego. No iba a abandonarlos. Era una auténtico ídolo.  

Portó el brazalete de capitán, disputó 207 encuentros y salió campeón en 19 ocasiones. Llevaba una trayectoria impecable, pero el tiempo no perdona. A medida que pasaban las temporadas, el nivel de Porte disminuía. Las condiciones de juego, la dureza de los rivales y la rodilla, que jamás volvió a ser la misma desde el choque ante Peñarol, pasaron factura. Por aquel entonces, en Uruguay, la figura del entrenador era poco usual, siendo la directiva la encargada de determinar la suerte de sus jugadores. En 1918, antes del inicio del nuevo curso, la Comisión Directiva de Nacional decidió relegar a Porte al banquillo para dar paso a Alfredo Zibechi, asestándole de esta manera el golpe del que nunca iba a recuperarse. Cada vez tenía menos oportunidades, y cuando las tenía los rivales le superaban sin dificultad alguna. Su vida carecía de sentido. Si no podía defender lo que más amaba en este mundo, ¿para qué seguir viviendo?

Su último partido fue ante el Charley. Ganaron tres a uno. Como de costumbre, siempre que conseguían la victoria, tanto jugadores como dirigentes acudían a la sede central del club en Montevideo. Porte acudió como uno más a pesar de no ser el mismo. Se mantuvo distante, callado. Pasó desapercibido. Salió de la celebración para coger el tranvía rumbo a su casa. Bajó en la parada correspondiente. Avanzó varios metros hasta llegar a su destino: el Estadio Gran Parque Central. El resto, es historia. 

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