Con la marcha de Filipe, Juanfran y de Godín, últimos miembros de la vieja guardia de Diego Pablo Simeone, se ha puesto punto y final a una de las épocas más gloriosas de la historia del Atlético de Madrid. Con ellos, no se va tan sólo una fantástica generación de jugadores, responsable de habernos llevado a mi y a miles de atléticos a vivir momentos que jamás hubiésemos imaginado como la consecución de aquella Liga en Barcelona o las dos finales de Champions, sino también un grupo de jugadores cuyo legado va más allá de lo meramente futbolístico. Levantaron a un gigante sumido en la mediocridad, recuperando el carácter ganador e identidad que parecían haber desaparecido. Los artífices de todo lo conquistado, tanto deportiva como emocional y espiritualmente estos ocho años no siguen con nosotros. Pero no hay de qué preocuparse.
El aficionado atlético tiene la fortuna y la tranquilidad de saber que el capitán del Atlético de Madrid es aquel que un 17 de mayo de 2013, colocó la bandera de su Atleti sobre el césped del Santiago Bernabéu después ganar a aquellos que durante 14 parecían invencibles. También son las lágrimas, los ojos vidriosos del que ven a su ídolo de la infancia despedirse de de los suyos, la emoción que invade tu cuerpo hasta el punto de casi romper a llorar tras lograr remontar un partido complicado o la cabezonería que te impide querer abandonar el terreno de juego a pesar de ser consciente de que no puede seguir jugando. Ellos son Koke, Saúl, Giménez y Oblak, los nuevos capitanes del Atleti. Nadie mejor que ellos para conservar la esencia intacta.
No hay que olvidar que el equipo está aún en construcción. Joao Félix, Mario Hermoso, Marcos Llorente, Felipe, Héctor Herrera, Trippier y Lodi acaban de aterrizar y aún han de aclimatarse al sistema de Simeone, asimilar los conceptos y las tácticas que tanto definen a los rojiblancos. Sin embargo, su proceso de adaptación consta de una segunda fase en la que el papel de los capitanes en fundamental: conocer el Atleti. Es primordial que los recién llegados se empapen del sentimiento rojiblanco, que comprendan el significado del escudo que llevan bordado en el pecho y sean conscientes del privilegio que es vestir la camiseta del Atlético de Madrid. Lo están consiguiendo. Y vaya si lo están haciendo. No hay más que ver la rabia con la que el equipo celebra los goles para ver que el brazalete está en buenas manos. Hay una imagen que se repite constantemente al inicio y final de cada partido que refleja a la perfección la responsabilidad que implica llevar la cinta de capitán: el abrazo entre Koke y Saúl. Entienden que sobre sus hombros recae el peso del equipo, que son quienes deben dar la cara y que de sus dotes de liderazgo depende el éxito.
En día de su despedida, en el reportaje realizado por el club, Fernando Torres menciona que “las grandes historias son bonitas porque tienen un final”. El de Gabi, Godín, Raúl García, Tiago, Juanfran, Filipe Luis y el suyo fue de ensueño. Ahora les toca a ellos iniciar una nueva etapa y construir los cimientos de un nuevo equipo, pero no de cualquiera, sino los del suyo: El Atlético de Madrid de Koke, Saúl, Giménez y Oblak.
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